Por Marco Scattoni, Responsable de la ONG Cesal en Ucrania.
Recuerdo perfectamente los primeros meses tras el estallido de la guerra. La urgencia lo dominaba todo y nuestra prioridad era la supervivencia básica. Nos volcamos en lo inmediato: repartimos 5.000 cupones de ayuda para que las familias pudieran acceder a lo esencial y organizamos actividades psicoeducativas para más de 700 niños y niñas.
Junto a la organización Protagonisti in Educatie, pusimos en marcha un Hub humanitario en Isaccea, en la frontera entre Rumanía y Ucrania. Desde allí, distribuimos alimentos, artículos de higiene, ropa y medicamentos para más de 120.000 personas. Durante un año y medio, el centro se convirtió en un punto estratégico para sostener a la población refugiada en Rumanía y a la población afectada en Odesa, Mykolaiv y Jersón, al sur de Ucrania.
Con el paso del tiempo, la emergencia dio paso a una crisis prolongada. Y nosotros también tuvimos que transformarnos. Las estructuras de nuestros socios locales dentro del país, Epicenter for Children y Cáritas-Spes, se han ido profesionalizando y adaptando a las necesidades de la población.
En total, más de 8.000 personas han recibido apoyo directo en Kiev, Irpín, Járkov, Jmelnitski, Lutsk y Ternópil.
Gracias al compromiso de la ciudadanía, de nuestra base social, de la Generalitat Valenciana y del Ayuntamiento de Madrid, hemos permanecido al lado de la población durante todo este tiempo, poniendo el foco en la salud mental.
Hemos rehabilitado seis centros educativos y habilitado espacios de aprendizaje en varios refugios para que los niños y niñas puedan seguir asistiendo a clase y recibiendo apoyo psicosocial, lo que les ayuda a mantener, en cierto modo, su normalidad. También estamos ayudando a las mujeres que, en muchos casos, están sosteniendo el peso de las familias fragmentadas.
Más recientemente hemos incorporado una línea de trabajo centrada en la integración de veteranos: hombres que, tras una experiencia traumática, regresan a una sociedad completamente distinta y que encuentran en este acompañamiento el puente necesario para readaptarse a la vida civil.
En total, más de 4.000 personas han participado en actividades de integración comunitaria orientadas a reforzar los vínculos sociales y prevenir el aislamiento.
A veces me preguntan por la construcción de la paz. Es un discurso necesario pero muy complejo. Cuando estás aquí, entre las alarmas antiaéreas y el frío intenso, la paz parece algo lejano.
Pero mientras llega, nuestra misión es clara: seguir dando apoyo a las autoridades locales para mejorar la vida de las personas. Queremos fortalecer las estructuras públicas para favorecer la salud mental y la integración de la población desplazada.
Personalmente, lo que me da fuerzas es ver casos como los de Bohdana o Milana, dos niñas que, gracias a nuestro trabajo, han recuperado la sonrisa y las ganas de ir a la escuela. Hoy, para un niño o una niña en Ucrania, la esperanza no es algo abstracto: es una habitación caliente, un espacio seguro en el que poder jugar y expresar sus emociones.
La guerra no solo deja heridas físicas: afecta al cuerpo, al sueño y a la forma de relacionarse. Vemos constantemente niños y niñas que pierden el apetito, la capacidad de concentrarse, que se vuelven hiperactivos o se encierran en sí mismos. Pero hoy estamos más preparados que nunca para acompañarlos, para que la esperanza vuelva a ocupar el lugar que el miedo intentó arrebatarles.