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EN PRIMERA PERSONA

“Antes de venir a la escuela sociodeportiva ayudaba a mi mamá a hacer la casa y hacía mi tarea de la escuela. A mi familia le gusta que venga a jugar a fútbol y me apoya, pero mis vecinos hablan un poco mal porque soy una niña que juega al fútbol. Venir a esta escuela me ayuda bastante con mis tareas del colegio. Las otras actividades que tenemos fuera de la cancha también son muy lindas e interesantes ya que salimos a conocer muchos lugares”. María Elisabeth López Martínez, 7 años. Alumna de la escuela sociodeportiva Real Itauguá, Itauguá, Paraguay.

Pedro, responsable de la Casa Virgen de Caacupé de Itaguá: "La única razón de crear Virgen de Caacupé es el amor al destino de todos estos chicos, la pasión que uno siente por la vida de todos ellos. No importa el error o el delito que hayan cometido, todos somos frágiles. Lo que importa es la dignidad que tenemos, ésta es nuestra grandeza".

"Ahora que pasaron dos años de aquel inicio, y sin que yo me percatara de lo que pasaba en mí (lo único que hacía era seguir la regla con mucha atención), me descubro que estoy creciendo, soy el mismo pero veo crecer en mí una esperanza que me empuja a buscar cada vez más a estos amigos, me apego más fuerte y aunque veo en mí fuertes deseos de volver a lo de antes o vivir a mi antojo ya no quiero retroceder". Jorge Osmar 

“Soy José Augusto y tengo 17 años. Estoy interno en la Casa Virgen de Caacupé desde hace 2 años y medio. Me condenaron a la pena máxima de 8 años por un error muy grave que cometí cuando aún tenía 14 años. Mi vida, la verdad, no ha sido fácil. Al poco de entrar en la cárcel de menores mi padre murió de cáncer, y mi madre tuvo que enfrentarse a la vida sola y con 3 hijos.

Un día comenzaron a visitarnos algunas personas extrañas en el pabellón en el que estábamos 40 presos, la mayoría de mi edad. Siempre que se nos acercaba gente intentábamos sacar lo máximo posible de ellos: algo para comer, ropa… Pero sin yo esperarlo, uno de ellos
me preguntó por mi nombre y mi historia. Nadie se suele interesar por los delincuentes. Yo, sinceramente, no entiendo mucho esto que sucedió, pero Pedro siempre me habla de este paso, de este encuentro, de una hora precisa, de caras que reconocía como amigas, de todo eso que viví y vi aquella vez. Y al poco entré en la Casa de Acogida.


Un lugar muy lindo, hecho para mí. Con orden, armonía, paz… Todo me recuerda a mi mamá y a mi papá, por quienes hago todo el esfuerzo por portarme bien, aunque ya pienso que lo hago por y para mí. Lo que más me sorprende es que no hay guardias, ni barrotes, sólo nuestra libertad y nuestras ganas por salir adelante. Y ahora estoy formándome: ya soy operador de ordenadores, electricista doméstico y estoy aprendiendo carpintería. He descubierto lo que más me gusta: en honor a San José, seré carpintero, como él; nunca seré santo,
pero haré un camino.”

“Me llamo Feliciano Colina. Cuando tenía 15 años abandoné la casa donde vivía, en el campo, junto con mi padre y una madrastra que me pegaba. Mi madre nos abandonó cuando yo era muy pequeño. Me escapé a la ciudad con un amigo, adulto, que me propuso trabajar haciendo transporte de cargas. Me gustaba manejar los camiones y viajar por un largo tiempo, recorriendo casi todo el país. Fui a parar a una región muy árida: era el Gran Chaco paraguayo. Allí me involucré en un robo, fui preso y paré en el Correccional de Menores. Al poco conocí a Pedro, un extraño personaje que aparecía todos los domingos cada 15 días.

Me hice amigo de él y, si no venía, sentía una gran tristeza. Un día me dijo que tenía una casa grande en un pueblo cerca de la capital, y me propuso ir a vivir ahí, donde había otros chicos que habían cometido fechorías igual que yo. Acepté. A mí nunca me gustó la escuela; iba casi forzado, pero ya en la casa tuve que aceptarlo sin discusión, pues veía que era una de las reglas a cumplir si quería estar. No opuse resistencia, me dejé llevar por esta nueva onda que me tiraba hacia adelante, me sacaba del aburrimiento y me despertaba un interés que yo nunca tuve.

Conocí nuevas gentes, empecé a seguir un ritmo de vida totalmente nuevo que, al final, me gustaba. Teníamos reglas, horarios, escuela, trabajos, diversiones, paseos. Un orden que me parecía muy agradable y tratándome con cariño, sin importar el mal que hubiera hecho.
Con mucho esfuerzo terminé mi escolar básica. Como soy de campo, me involucré con todo en la granja que funciona en la Casa: cuidaba las vacas, las gallinas, construimos casitas para los mismos, y manejaba el tractor para las faenas de la huerta. Era un gusto trabajar así, con horario, con respeto, en amistad. Me hice chófer de la casa, en muchas cosas el director ya me daba la confianza y hacía las gestiones y las compras para la misma. Esto me hacía sentir muy seguro. 

Yo estuve condenado 2 años. Ahora, con mi libertad judicial, yo ya no quiero irme de aquí. Esta es mi casa. He decidido quedarme a trabajar con Pedro, no ya como un interno, sino como uno más del equipo que lleva adelante esta obra que ya ha ayudado a tantos jóvenes en el momento más critico de sus vidas, la adolescencia, y en la peor condición de estar privados de la libertad. “He decidido formar mi propia casa. Tengo a mi lado a la nueva compañera de esta aventura fascinante de la vida: se llama Ada. Junto a ella quiero convertirme en padre y amar de la misma forma como fui amado yo por Pedro y mis excompañeros de la casa, y así, seguir construyendo un nuevo mundo a partir de esta certeza que encontré".